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"The Book of Souls", reseña exclusiva por César Fuentes Rodríguez

The Book of Souls

Cinco años es mucho tiempo y nunca había pasado tanto entre dos álbumes de estudio de la Doncella. Tampoco había sacado antes un doble con material original ni de duración tan prolongada, nada menos que 92 minutos. Incluso una de las canciones, "Empire Of The Clouds", destrona luego de tres décadas a "Rime Of The Ancient Mariner" como la pieza más larga del repertorio. Son demasiados récords y todos ellos hablan de expansión, de amplitud, de dilatada envergadura, aunque no necesariamente de grandeza. Eso sólo se comprueba sumergiéndose en los contenidos y catando la atmósfera que se respira en profundidades tan vastas e inaprensibles que se resisten a los bosquejos cartográficos aun más allá de la tercera audición.

Como contrapartida a la extensión, lo primero que se revela al oído recorriendo el disco de punta a punta es la absoluta falta de gancho, algo que se viene convirtiendo en una característica más marcada en cada ocasión. El elemento progresivo se ha hecho carne en Maiden y escasean los coros de cancha, los estribillos repetitivos y las melodías fáciles como nunca antes. Sin embargo, decir que el trámite se vuelve lento o poco atractivo es ignorar la seducción que envuelve al oyente atento en cuanto se introduce en las abundantes y multiformes texturas que componen la placa. Como un pintor que dispone de un lienzo enorme, las pinceladas se vuelven ricas, ampulosas, propensas a dibujar paisajes inacabables. Esos mismos paisajes constituyen el principal encanto de "The Book Of Souls", que aun en sus momentos menos iluminados sale airoso por su inefable frescura. Quizás tiene que ver con la manera en que lo grabaron en esta oportunidad, plasmando las ideas a medida que se iban presentando y prefiriendo la indulgencia a la autocrítica cuando el asunto de los límites se manifestaba. Pudo haber salido mal y dejar el disco transformado en un muermo insoportable, pero La Bestia es grande y, según vemos, aún capaz de arriesgarse. Así fue como atravesó las llamas sin chamuscarse siquiera.

En lo personal, yo hubiese elegido la poderosa descarga de "Death Or Glory" como anticipo antes que el dinámico "Speed Of Light" (a título informativo, los únicos dos que llegaron ya terminados al estudio de grabación), pero mi tema favorito del disco, el que incluiría en una antología o reclamaría sin falta en los shows, es "When The River Runs Deep", que posee la garra del primero y la agilidad del segundo labradas con sofisticación propia. A continuación en mis preferencias tengo que destacar nada menos que al gran mamut, la mismísima "Empire Of The Clouds", dedicada a la tragedia del dirigible británico R101, que se estrelló en 1930 cediendo así la hegemonía de los cielos a los alemanes. Tratándose de un asunto de historia de la aviación uno podía figurarse la autoría de Bruce Dickinson, pero además es el propio cantante quien por primera vez interpreta el piano para Iron Maiden y convirtió el lance en una especie de proyecto personal y niña mimada. ¡Qué decir! Si te abrochás el cinturón y te concentrás en el viaje, la canción vale cada segundo de los 18 minutos que dura. Cambiante, dramática, orgánica en cuanto a desarrollo y alternativas, lánguida en su triste evocación de las víctimas o frenética ante el ritmo en que se precipitan los acontecimientos, la pieza opera sobre la sensibilidad como un magno hechizo del que se sale como en el cine cuando se encienden las luces y quedan los títulos rodando en la pantalla.

El caso contrario lo constituye otra de las largas, "The Red And The Black", la única firmada por Steve Harris en solitario. Declarar que se trata de un amasijo de clichés sin dirección puede sonar cruel y hasta despectivo, pero es el tipo de material confuso que cundía en el irregular "A Matter Of Life And Death" y que amenazaba con proliferar en un lanzamiento doble como este. Quizás el punto más bajo del álbum pero de ningún modo material descartable. A los 9 minutos, Harris suelta la caballería y la carga final nos redime de cualquier indefinición.

De a poco revelan sus sabrosos entresijos "If Eternity Should Fail", "Shadows Of The Valley" y "The Man Of Sorrows". Centellea un guiño de tristeza semejante a una lágrima a punto de descolgarse en la sobriedad de "Tears Of A Clown", dedicada al genial Robin Williams. Bullen el misterio y la emoción en la sombría catadura del tema que da nombre al disco. Todo acaba en su lugar si se concede el tiempo necesario para entender y disfrutar.

Más allá de estas consideraciones y del examen de cada canción en lo individual, hay una banda que suena poderosa, desenfadada, comprometida y, ante todo, segura de sí misma. Las tres guitarras vuelven a adquirir el relieve y la justificación que se ganaron en "The Final Frontier", y si hay alguien que merece párrafo aparte, medalla y beso, ese tiene que ser Bruce Dickinson, audaz e incansable en cada intervención como si la vida le fuera en ello.

Tremendo álbum de La Doncella. Épico, soberbio, colorido, melancólico y feroz en la proporción justa, hambriento de poner en ridículo la degollina de los adjetivos calificativos. Pero ante todo pleno de entereza, vibrante de pasión, viejo y sabio con la lucidez de los viejos y los sabios. Un registro que parece gritar sin vergüenza: "¡Así suena la banda de Heavy Metal más grande que tiene este mundo!". Sin miedos, sin pudores, sin lastres...

Como leyendas vivas que piensan en la eternidad antes que en la muerte.

César Fuentes Rodríguez